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Nunca dejes de leer

Me embarqué en la aventura de Tánger Soto y Coy y devoré del tirón los primeros cuatro capítulos. Una novela de Pérez-Reverte con barcos, tesoros y una chica valiente. Los malos, Palermo y Horacio. El Mediterráneo de fondo. ¿Qué más quiero?

Cuando decides zambullirte en una nueva historia, hay dos momentos especiales. El primero es cuando te das cuenta de que la trama te atrapó. Caíste en sus fauces y ya no hay marcha atrás. Navegarás con los personajes hasta el desenlace final, sea cual sea. El segundo es al llegar a la última página. Tus ojos bucean por la primera línea, pero tu mente te avisa de que aquello que tanto temías está a pocas palabras de suceder: se acerca el punto final. Se acabó. De ahora en adelante sólo te quedarán los recuerdos de lo vivido ―porque si está bien escrito, lo has vivido― y la posibilidad de volver a empezar desde cero. Volver a embarcarte, volver a sentir esas deliciosas peripecias como si fueran nuevas.

Yo no había llegado ni a la mitad del asunto. Tánger y Coy todavía se estaban conociendo. Su mundo era una colección de páginas por descubrir y yo aprovechaba cualquier momento y cualquier lugar para seguir adentrándome en sus vidas. El tranvía, el autobús o el metro eran meras herramientas de transporte, la lectura era el vehículo real que me llevaba de un lado a otro. En aquella época era un lector voraz: novelas de aventuras, policiacas, de ciencia ficción o fantasía. Fueron los años en los que por fin disfruté de Terry Pratchett en inglés o descubrí a Paasilinna en español. De hecho, siempre llevaba encima otros cinco o seis libros para dar el salto a una nueva aventura en cuanto llegase a buen puerto la actual. O por si la actual no conseguía cautivarme del todo ―atrás habían quedado mis días de lector perseverante, de «si lo empiezas lo terminas». En mi zurrón uno podía encontrar la trilogía Millenium, algún Grangé, quizá un Zola ―leer L'assommoir en noviembre en Finlandia es todo un ejercicio de amor a la vida― y, qué sé yo, Zafón, King u otros. El truco es que no cargaba con todos esos libros en la mochila porque un amigo me había hecho uno de los mejores regalos de mi vida: un lector de libros electrónico. Un invento ma-ra-vi-llo-so. Descubrí que se podía viajar con él a cualquier parte, la batería duraba una eternidad y la experiencia era mucho más agradable que leer en una tablet o un móvil. Además, podía llevarme conmigo una biblioteca entera a donde quisiera. Ahora bien, lo que no podía hacerse con un e-book reader era sentarse encima. Y eso es exactamente lo que hice un día de primavera yendo a la oficina. Fue un accidente. Al cacharro no le gustó. La pantalla quedó hecha un mosaico abstracto en blanco y negro, y yo dije palabras malsonantes en al menos dos idiomas. Quizá tres.

Así fue como les perdí la pista a nuestros héroes, él anclado en tierra, ella misteriosa y valiente pero también varada hasta nueva orden. Recuerdo volver del trabajo fastidiado pero echar mano de uno de los muchos libros que andaban por casa, de los de tapa dura o tapa blanda y páginas de papel, «para ir tirando». Y me enganché a ese, luego a otro, y a otro, y todos los personajes de La Carta Esférica se quedaron sentados en sus renglones, anclados en la nada esta vez, esperando la oportunidad de llevarme de la mano a Gibraltar y a Cartagena. Pero no sucedió. No me compré otro Kindle esa semana, ni la siguiente. Ni siquiera al mes o para Reyes. Dejé de cargar con una biblioteca digital a cuestas. Me acostumbré a encontrar libros en rastros y a visitar la biblioteca municipal. Podría haberme comprado la novela en papel, pero me daba pereza sabiendo que ya la tenía en digital. No sé qué se me pasó por la cabeza, pero así sucedió. El Carpanta se quedó amarrado y el tesoro, si es que lo había, reposando en el fondo del mar.

Pasaron los años, de tapa dura a tapa blanda, y tiro porque me encanta. Luego caí en el vicio de la tontería y la dopamina fácil de las pantallas digitales. Un lustro perdido. Y sólo logré salir de allí gracias al nacimiento de mi hija. No quise que ella creciera viéndome con el teléfono pegado a la mano —y lo de ser una herramienta de trabajo no tiene un pase a partir de ciertas horas. En casa decidimos leerle cada noche, un libro con mamá, un libro con papá. Y, cuando hacía falta quedarse a su vera hasta que se durmiera, yo me sentaba en un butacón al lado de su cuna con una novela entre las manos. Retomé la costumbre. Cambié la dopamina fácil por aventuras imposibles. Victor Hugo, Tolkkien, Michael Chrichton.

Entonces, la realidad superó a la ficción: el maldito Covid. Confinamiento. Aunque en Finlandia fue más laxo, se me cancelaron todos los viajes de trabajo durante casi 24 meses. Cuando por fin salimos de aquello y tuve que preparar un petate, me dio pereza meter un libro: me estaba zampando un ladrillo de Grisham —lo digo por el tamaño y peso, no por el contenido— pero había previsto volar sólo con equipaje de mano. Espacio limitado y, ¿realmente iba a leer durante esos próximos 4 días? Además, tenía el móvil.

Esa última frase me aterró.

Sonaba como un adicto volviendo a abrir la puerta a sus demonios. La solución estaba clara: volví a comprarme un lector digital. Un modelo pequeño, algo antiguo ya, pero me daba igual. Lo que me ahorré con el cacharro me lo gasté en libros: el Grisham, los dos primeros de Harry Potter, El juego de Ender, un Kepler al azar, La leyenda del ladrón y, cómo no, La Carta Esférica. Ya es hora, me dije, de que Coy y Tánger puedan largar amarras. Y, para asegurarme de que no desvirtuaba la historia con mi mala memoria, volví a arrancarla desde el principio. Así es como volví a pujar en la subasta, tuve un encontronazo con un tiburón con coleta y acabé, bueno, mejor no cuento cómo acabé: que cada cual descubra el final, a su aire. Yo tardé más de diez años en hacerlo.

Desde entonces he seguido leyendo, tanto en digital como en papel, con una simple premisa: nunca dejes de leer. Eso lo tengo claro y meridiano. Como el de Greenwich. O el que sea.

Unos copos valientes