A veces me gustaría ser mejor escritor. Sobre todo, a la hora de describir. Me encanta narrar, pero describir me da una pereza tremenda. Supongo que mi carácter desenfadado encaja a la perfección para contar aventuras que hagan reír y sonreír, pero se queda corto para pintar cuadros realistas, detallados, certeros, que ayuden al lector a imaginar con mayor fidelidad y precisión lo que trato de relatar.
Pongamos un ejemplo. Paseando a los perros, principios de octubre, Loviisa, Finlandia. Zona rural. Aquí ya, toco hueso. Lo que quiero contar a continuación requiere matizar qué árboles estoy viendo: pinos, abetos, hayas, robles, olmos, haberlos, haylos, pero no estaría mal compartir con el lector, con mucha más exactitud, qué tipo de flora tengo delante. Porque hoy la aventura no va de perros: hoy va de árboles, del bosque en movimiento.
Son las ocho de la mañana, llevo caminando veinte minutos. El viento, intenso y peleón, me zarandea si me dejo la chaqueta a medio cerrar. No es la zamarra de invierno, no hace tanto frío. Estamos a diez grados, el cielo está encapotado y el suelo todavía está empapado tras la tromba de ayer. Los perros corren a su aire, y tengo la sensación de adentrarme en un bosque que cobra vida, con todas las ramas bailando al son de las ráfagas.
Desde que terminó el verano habíamos tenido días soleados, días nublados, días lluviosos. Incluso algo de niebla y escarcha. Pero este es el primero que viene con viento. Y quien dice primer día de otoño ventoso en un bosque nórdico, dice primera lluvia. Una lluvia sin agua. Una lluvia liviana, cosquilleante al rozarte la cara, hermosa. Una lluvia de hojas de arce, amarillas, de abedul, ocres, un torrente continuo de agujas de pino que van cubriéndolo todo. Me detengo en lo alto de una pequeña loma y bajo la cremallera para que la chaqueta se quede medio abierta: el viento vuelve a bailar conmigo y, mire a donde mire, veo cortinas de gotas de otoño hacer remolinos, vuelos imposibles, y caer sobre musgo, arbustos, barro y roca. El ocaso de la naturaleza, desnudándose para el invierno —qué ideas, quitarse prendas cuando llega el frío— es el proceso más hermoso del año. Me dejo abrazar por el aire, embriagar por los colores, algunas hojas se enredan en mi pelo. Mis perros, tumbados a la espera de que vuelva a ponerme en marcha, parecen obras de arte de camuflaje natural.
Lo siento. No puedo describirlo mejor. Hay que estar, hay que vivirlo. Hay que sentir cómo las últimas gotas de verano huyen hacia el sur, o hacia donde quiera que vayan, y cómo el sol va perdiendo la batalla, poco a poco, ante el empuje de las noches eternas del Gran Norte. Hay que oler el aroma de tierra húmeda, sortear las setas que se marchitan, y ver cómo ondean en el aire miles de hojas hasta formar un tapiz de colores efímero, hermoso, y a la vez, quizá, un punto melancólico.
Cuando uno se muda a Finlandia, lo primero que quiere es zambullirse en el invierno. Nieve, hielo, frío extremo, esas postales navideñas de lagos helados y auroras boreales. Si sobrevive eso, anhelará la primavera y el verano: los días se alargan, la naturaleza renace, leer un libro a medianoche sin necesidad de velas. Pero solamente cuando uno lleva viviendo varios años aquí, disfrutando, padeciendo, navegando como buenamente puede los bandazos del clima, solamente entonces, digo, uno se acaba enamorando perdidamente del otoño.
Y, si no, que me digan qué otra estación adorna un paseo con lluvias de colores y alfombras mullidas de hojas caídas. Lástima no poder describirlo.