En “Portada”, los artículos publicados hasta ahora.

“El autor” es una breve presentación de Stefan Carrizo.

Para cualquier colaboración o consulta, el camino más corto es “Contacto”.

Y cuidadín con los botones de las redes sociales, que las carga el diablo.

Ócheme una cosa

Era tan curiosa que se inventó un libro de la nada para que otros pudieran compartir retazos de sus infancias. Era tan generosa que donó todo lo obtenido por las ventas para la lucha contra el cáncer. Era mi tía. Se llamaba María Asunción, pero para mí siempre fue mi tía Choni.

Yo crecí en Alicante, cierto, pero era con Choni con quien realmente siempre lucía el sol. Un sol de verdad, emocional, cálido, positivo. Te desmontaba cualquier nubarrón con un chiste o una mirada con la que decía, «pa’ qué hablar de penas pudiendo reírnos». No es que no tuviera cuajo para ponerse seria, sino que ella sola se valía y se sobraba para enfrentarse a las tormentas. Te mandaba al camarote con un chiste improvisado sobre la marcha―porque encima era rápida y salada― y ella se quedaba en cubierta. Y estoy seguro de que, incluso en esos momentos, ella sola contra olas de 15 metros, alcanzaba a ver la luna asomar entre jirones de nubes negras, y sonreía. O quizá la luna le sonreía a ella. Ser su sobrino era jugar con cartas marcadas, pero para bien: te dejaba ganar todas las partidas. 

Ya adulto, y ya en Finlandia, conocí una faceta diferente de ella. La Choni emprendedora, decidida. Durante los últimos 20 años viví momentos divertidos cuando me contactaba pidiéndome algún favorcillo. Ella sabía que yo había estudiado publicidad y, pues oye, me liaba a mí la manta a la cabeza y me pedía cualquier cosa que pudiera tener relación con el marketing ―que, no lo neguemos, es un cajón de sastre. Verbigracia: allá por 2009 me pidió que le diseñara un cartel para un sorteo de Navidad. Yo le contesté que juntar letras es una cosa, pero hacer una composición digital, o sea, un póster, cartel o folleto, en fin, soy un desastre absoluto. No tengo ojo. En aquel entonces tampoco tenía las herramientas. Ella me escuchó muy atenta y me dijo que claro, lo entendía. Y luego cerró con un «tú haz lo que puedas» que me desarmó, y colgó. Hice lo que pude, claro. Un cartel atroz. Pero era algo. Y algo era mejor que nada. Y la intención ―el sorteo, no el cartel― era lo que contaba. Y tenía razón. El sorteo se hizo y todo el mundo quedó encantado con la iniciativa. Desde aquel entonces, siempre que me entraba un mensaje de ella, o un email, me ponía a temblar pero con una sonrisa expectante. Esto incluye correos con el asunto de «¿te has fumao algo?», «ócheme» y «guola que tal» que, cualquiera que la conociese, identificará como chonismos de primera. Al final, con talento o sin él, con herramientas o en Paint, le hice carteles, contenido para redes sociales, textos para promocionar cosas varias —no exagero cuando digo «cosas varias»— y por poco no nos remangamos en serio para traer al Coro Polifónico de la Virgen del Camino a Finlandia. Porque la cuestión era remangarse y ponerse a dar pasos hacia adelante. Currar, conectar con gente, pedir y hacer favores, compartir ilusión y energía. Me presentó a gente para temas de trabajo haciendo de puente entre Finlandia y León, que ya es hacer puente. En ocasiones esas personas no pintaban mucho en esa foto, o nada en absoluto, pero, oye, me decía, tú tira del hilo a ver qué sale. De crío me hizo reír. De adulto me hizo comprender que lo divertido es moverse. Vivir es hacer cosas, compartir, crear. Mejor atreverse a dar el salto que dejarse las ideas tiradas en un cuaderno o en un rincón de la cabeza. Embárcate, y luego ya veremos si viene calma chicha o una marejada mal encarada. Total, quizá eso sea lo de menos. Eso te hacía sentir ella, mientras lidiaba con aquellas olas de 15 metros.

Nuestra última conversación fue el verano pasado. Yo sabía que ya no habría un cambio de marea, que se alejaba de la costa rumbo al horizonte. Marqué su número pensando que, quizá, por primera vez, tendríamos una charla más solemne. Más sobria. Craso error. Hizo comentarios y bromas acerca de su situación que se pasaban varios pueblos y muchas pedanías. Mi sentido del humor es más negro que un noviembre en Seinajoki, pero me dio sopas con hondas. O de las otras, sopas de ajo, y vuelve a por otra. Durante aquella llamada demostró que un te quiero, un ocaso y una risa no son excluyentes, sino compatibles. Necesarios, incluso. Afrontó el siguiente paso como vivió: con una naturalidad a prueba de tormentas y con muchas ganas de reír. No fue una llamada alegre. Con 41 palos lees entre líneas mejor que con 15, pero fue una llamada llena de inteligencia, valor, humor y amor.

Ha pasado un año y me niego a decir que se apagó una estrella. Estrellas, hay muchas. Lo que se apagó es una aurora boreal. Cuando ves una aurora boreal, sabes que estás presenciando algo único, efímero, especial. Miras al cielo, y se para el tiempo. Y, de repente, tú mismo te sientes único, especial. Choni fue una persona capaz de iluminar los cielos incluso en las más crudas noches de invierno, las suyas y las ajenas. Esos cielos a los que ascendió, tal y como me dijo, con una bolsa entera de besos. Y lo mejor de todo es que, generosa como sigue siendo, seguro que, en lugar de quedárselos para acordarse de nosotros, los ha repartido ya por allí arriba.

Suele decirse en Finlandia que el amor no muere, solo cambia de forma: rakkaus ei kuole, se vain muuttaa muotoaan. Ya no podemos abrazarla, ahora la queremos desde los recuerdos. Pero lo escribo en versión original porque así sonrío, con la garganta apretada, pero sonrío, porque estoy seguro de que se le habría ocurrido algo deliciosamente ocurrente, divertido y con un toque mordaz, al leer esa frase en finés en voz alta.


El abrazo del malote