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Una sonrisa por cada cana

En la maravillosa saga de ciencia ficción La Guía del autoestopista galáctico se desvela cuál es la respuesta a “la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todo lo demás": 42. Así, a pelo. Yo no sé si esa será la respuesta —me parece perfecta— pero sí sé que, precisamente, esa es la cifra en la que me embarco en unos días: 42 años dando vueltas alrededor del sol. Iba a hacer la equivalencia en días, pero incluso con el móvil o la IA a mano, me da pereza. Un porrón de días. Y los que me quedan, espero, porque el tiempo va pasando, y el jueguecito de pensar dónde estarás cuando dobles tu edad actual empieza a no tener ni puñetera gracia. Da un poco de vértigo.

Pese a ello, cuando sople las velas el próximo 25 de febrero —no se quejarán, lo dejo muy fácil para las felicitaciones— pienso mirar hacia delante y hacia atrás pero, sobre todo, miraré hacia el otro lado de la mesa: a mi mujer y a mi hija sonriéndome y recordándome que tengo que pedir un deseo. Hasta el perro andará rondando cerca, a ver si alguien comete un desliz y le cae un trozo de pastel —esperemos que no, tiene todas las papeletas para ser de chocolate. No sé qué deseo pediré, pero que no le sorprenda a nadie si peco de poco ambicioso y me limito a sugerirle a Dios, al Universo o a la constelación Piscis, quedarme como estoy. No tengo ni la más remota idea de dónde estaré, o si estaré, dentro de otros cuarenta y dos años, pero sí sé que me gusta dónde estoy ahora. Mi hoy, el presente. He llegado hasta aquí con mis errores y con mis aciertos, con mis traumas y mis fortalezas adquiridas, y quedarme como estoy durante un ratito más sería un éxito rotundo. Se está de puta madre, con perdón, donde estoy ahora.

Lo pensaba el otro día al pasar por el peluquero. Cada día peino más canas, pero me veo mejor que nunca. Más hecho, y con unas patas de gallo que le indican al interlocutor que llevo en el zurrón experiencias para dar y tomar. 20 veranos en Alicante y otros tantos en Finlandia, y dos que me guardo en secreto. Aventuras y desventuras de todo tipo. He conocido el luto y he visto nacer a mi hija. He sufrido derrotas, me he llevado decepciones colosales, he llorado, he perdido batallas e incluso alguna guerra, pero estoy orgulloso de poder decir que he tomado riesgos, me he metido en trincheras, propias y ajenas, y me he alejado tanto de mi zona de confort que, por momentos, me hacía falta hasta pasaporte para seguir cruzando fronteras: laborales, emocionales, familiares. O sea, que no sé si 42 es la respuesta a todas las preguntas del universo, pero sé que llevo esos mismos años comiéndome la vida a dentelladas, y que tengo cuerda para rato. Para demostrarme a mí, a los que me quieren, y a mi hija sobre todo, que la curiosidad, el valor y la perseverancia no se agotan. Ni el humor, ojo, que tanto define mi vida.

Dicen que las canas aparecen debido a las preocupaciones y al estrés. Pues de unos años para acá, tenemos taza y media. De hecho, para alguien que entró en el mercado laboral en 2007, no sé cuántos meses de bonanza económica y buen rollito global habré vivido, pero la sensación es que son más bien pocos: crisis, covid, guerra, inflación, clima, broncas y estridencias. Sin embargo, cuando me veo en el espejo con el pelo corto —demasiado, diría mi madre— creo que quizá debamos darle la vuelta a esa teoría. Quiero creer que cada cana que aparece en mi cabeza es un recuerdo bonito tratando de decirme algo: se aposta allí, a la vista, para que me sienta orgulloso del camino recorrido y que, incluso cuando salen mal dadas, al verla con sus amigas tiznando mi pelo de ceniza, recuerde todos los momentos que sí han merecido la pena y a la gente con la que he recorrido el camino. Así, en pretérito perfecto compuesto de mil recuerdos soleados y nevados. Quizá las canas no sean más que las muescas amables que me va dejando la vida para recordar cada carcajada repartida y cada abrazo recibido.

Está bien, lo confieso: he escrito este texto en Arial 18 porque tengo la vista hecha unos zorros. También me estoy quedando medio sordo, tengo asma en primavera, y los tobillos de cartulina. Pero me queda fuelle para soplar las velas, amigos, y seguir rumbo a los 43. Con ganas de disfrutar los próximos días, meses y años. Quiero seguir peinando canas y, cuantas más, mejor.

Entrevista en El Español