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5G en Moria

Frodo estaba frito, la verdad. Llevaba dando vueltas por la Tierra Media desde hacía meses y, a ver, más que salvar al mundo, lo que le apetecía era echarse un rato a descansar en un colchón mullido, desayunar un par de veces, y fumarse una pipa de la paz. Y ya, si eso, que saliera el sol por Antequera, Rivendel o por el ojete de Gandalf. Con perdón. Pero es que hay que ver. Un hobbit metido en estas broncas. Sin embargo, por pequeño que sea, un héroe es un héroe. Así que, pese a tanto agotamiento, Frodo seguía avanzando con tesón, paciencia y perseverancia. Le acompañaban Sam y también Gollum, este último dando vueltas alrededor, ahora soy bueno, ahora no. Caminito a Mordor, que se va haciendo tarde.

Pero ojo. Stop. Aquí es donde el relato hace una pirueta con doble tirabuzón para desviarse del original: en esta versión, Sauron no es idiota. No se queda colgado en lo alto de su torre a la espera de que nueve fantasmas, en sentido literal y figurado, le resuelvan la papeleta, o de que Saruman le cuente su vida y milagros por Palantir. No. En esta versión, el Señor Oscuro es espabilado. De hecho, es esto último, el Palantir ―una de las piedras chipirifláuticas que permiten ver y comunicarse con otros puntos de la Tierra Media― lo que le da la idea definitiva: los anillos ya no dan más de sí, son mágicos pero no son smart. Ahora hay que ofrecerle al consumidor algo más interactivo, más cool, y para todos los públicos, porque eso de «nueve para los hombres mortales condenados a morir» suena a rancio, redundante y reduccionista que flipas. Y así es como el Señor Oscuro va y e inventa los smartphones.

Primero los prueba con un grupo piloto: orcos de Cirith Ungol. Se suscriben en masa a la newsletter «Gobernarlos a todos» y usan Slack para sincronizar sus turnos. Pero falta algo. Los orcos son más productivos con el cacharro entre sus zarpas, cierto, pero a Sauron eso se la trae al pairo. No quiere mejorar ni la productividad ni la seguridad: quiere generar adicción. Por eso, a las pocas semanas, nueva pirueta y nuevo tirabuzón, lanza las primeras redes sociales de la historia de la Tierra Media. Un TikTok con gente amaestrando olifantes, grupos de Facebook «Salvemos a Rohan» y un Twitter que, aunque parezca difícil, es mucho más tóxico que el actual. Sauron lo ha clavado: las pruebas con los Uruk-hai de Isengaard muestran un uso de pantalla de nueve horas al día. Espectacular.

Su lugarteniente, ese tipo con graves problemas odontológicos, viaja a Gondor, visita a los elfos y hasta llega a El Pony Pisador. Le dejan entrar pues va desarmado, subido a un carro que va hasta arriba de cajas de cartón. En cada plaza el emisario explica que el Señor Oscuro que todo lo ve, entre otras cosas porque no puede parpadear, se arrepiente mucho de la pupita causada y las malas vibraciones generadas. Como muestra de sus buenas intenciones, regala smartphones a todo quisqui. Os regalo el conocimiento universal, dice el tío, aguantándose la risa. Y tranquis que no hay truco: no hay un Teléfono Único para atarlos en las tinieblas —ni falta que hace, musita entre esos dientes huérfanos de flúor. Tenéis acceso a toda la música, a la Wikipedia, a todo lo que queráis y más, y mil maneras de conectar con vuestros amigos y familiares. Y encima rompemos nuestro propio monopolio de los palantires, connecting people que te rilas, con antenas 5G en todas partes. Incluso en Moria. Qué más queréis.  

Los humanos, los elfos, los enanos e incluso Tom Bobadil pasan por el aro, que a fin de cuentas no es más que un anillo XXL y me refuerza esta parábola tan hermosa y bien elaborada. Los elfos, liderados por Elron, ofrecen algo de resistencia hasta que a este último le da un ictus al toparse con el OnlyFans de Arwen. Criatura. Algunas Águilas —con mayúscula, nobleza obliga― se espachurran contra Caradhras por ir consultando sus mensajes mientras volaban. Y a todo esto Gandalf está que se sube por las paredes: «dejad esos cacharros, insensatos», pero nadie le hace ni puñetero caso porque los vídeos de gatitos, pues son vídeos de gatitos. Aquí, y en el Abismo de Helm. Miau.

Vamos al final de la historia, que se está haciendo largo. Frodo se planta a las puertas del Monte del Destino más mosqueado en que un Ent en un aserradero. Qué pasa aquí, se dice, que hemos cruzado Mordor silbando y no nos han pedido ni la hora. Y en la garita de la entrada un guardia desarmado les regala tres móviles de última generación. A Sam se le abre el Instagram de Rosita. A Gollum le salta un canal de YouTube de pesca. Y a Frodo el EagleUber: Mordor-La Comarca, vuelo directo por 1 anillo. Y allí se queda El Anillo, sobre el mostrador, muerto de risa. Sauron ni se molesta en recuperarlo. No le hace falta. Tiene más followers ahora que cuando se dedicaba a la orfebrería. La Tierra Media ha sucumbido y yo me voy al bosque a esconderme debajo de un abeto antes de que me encuentren los descendientes de Tolkien. No creo que me aburra, tranquilos: llevo el móvil y un cargador externo.

Filo (el adorable destructor de calcetines)