Lo muerdes todo: muebles, ropa, extremidades propias y ajenas. Incluso tu hermano mayor se lleva su cuota de embestidas, y eso que te saca 15 kilos y tiene colmillos que quitan el hipo. Eres una máquina perfecta de aniquilación de calcetines y le tienes un odio especial a plantas y arbustos, tanto en interior como en exterior. El otro día mordisqueaste una pared y en un par de ocasiones has querido hincarle el diente al coche, que es un Toyota Corolla de 2006, pobrecico, y ya tiene bastante con lo suyo. Para evitar males mayores he decidido sacrificar mis zapatillas de estar por casa, para que las destroces a gusto, y ver si así podemos apaciguar tu ira.
Pero cuidado, no desmerezcamos tus otras virtudes. No solamente es cuestión de dientes, la parte acústica también la manejas bien. Has descubierto recientemente que sabes gruñir y ladrar. Gruñir como una Vespa mal trucada, por ejemplo, cuando intento hacerte entender que no es fácil pasear mientras te dedicas a atacar la correa o morderme los bajos del pantalón. Te aferras a ellos como si te fuera en ello la vida, y tengo que pegarte un chorreo verbal corto pero muy intenso —yo también sé gruñir— para que los sueltes. Entonces me miras, confuso, algo asustado, y a los siete segundos vuelves a la carga. Lo de ladrar te gusta sobre todo cuando te pedimos por decimoséptima vez, siempre por favor, que dejes en paz a la planta de aloe vera que no tiene nada contra ti. O, bueno, no lo tenía, ahora vete tú a saber. Pero has empezado tú ese conflicto, y la planta es tóxica, así que mejor sería que la ignores, con o sin ladridos, para evitar que pilles otra diarrea. Sí, otra he dicho. Al menos hay batallas que vamos dejando atrás: antes protestabas como una alarma de incendios despechada cuando te metíamos en tu zona acotada, pero esto lo solucionaste de forma sencilla cuando, al cuarto día, decidiste trepar por la verja metálica como si fueras Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz, y aterrizar al otro lado. Con lo cual, lo único acotado en casa ahora mismo es cualquier objeto que esté a más de metro y medio del suelo y lejos de sofás, sillas o taburetes. Por el momento.
Necesitamos sacarte entre ocho y diez veces al día para que hagas tus cosas, pero a veces llegamos tarde y te alivias dentro de casa. Yo esto lo acepto, es parte del juego, aunque no acabo de entender por qué has escogido la zona de 2 metros cuadrados que tiene el suelo de madera más antiguo en toda la casa para tus meadas. La hemos empapelado y ahora nos miras con mala cara mientras buscas algún resquicio. Un día te quedaste a medio camino, dentro y a la vez fuera, cual perro de Schrödinger —que pese a ser conocido por el gato cuántico, en la vida real tenía un perro llamado Burschie. Fue el día que te pusiste malo y vomitaste siete veces. No voy a especular acerca de qué te sentó mal pues este artículo solo abarca página y media, pero sospecho que colarte en el baño y beber del barreño con agua enjabonada no fue una decisión acertada. La primera vomitona sucedió en la cocina, y al terminar te cogí en brazos para sacarte, por si venía más. Y sí, venía. Y con prisas. Nos deleitaste así con una maravillosa demostración de purga oral desde las alturas, redecorando la puerta de entrada por dentro, y el suelo de madera de la terraza por fuera. Cuando sí llegamos a tiempo y no hay emergencias te dejamos en el jardín. Mira que tenemos terreno, pero como vas cogiendo cada vez más confianza y velocidad, intentas escaparte y explorar los confines del mundo. Te llamamos, claro, pero como quien oye llover, y acabamos persiguiéndote o aplicando trucos de atracción de cachorros exploradores independientes para tratar de captar tu atención.
Al menos no puedo negar que estamos aprovechando al máximo este tiempo juntos, ahora que eres un cachorrito. Vas a crecer muy rápido y es hermoso disfrutar de cada segundo ahora que eres una bolita de pelo. Supongo que por eso me despiertas entre dos y tres veces por noche, y a las seis de la mañana toca estar en pie. Pasada esa hora no te duermes ni con Valium. Más bien al contrario: quieres quemar la energía acumulada durante la noche en los primeros 20 minutos del día. O sea, pa’ qué quiero café si te tengo a ti, Filo.
Tu nombre oficial es Filip (Maplefox In it to win it), pero yo te llamo Filo. Sigues los pasos de Faro y de Nero, y me emociono cada vez que tu actitud y tu mirada me recuerdan a aventuras pasadas. Estoy agotado, arañado y a menudo frustrado, pero sé que merece la pena. Tener un buen perro es un privilegio que requiere algo de esfuerzo. Así que sigue gruñendo, ladrando, corriendo y arrasando con todo, dentro y fuera de casa. Incluso le has pegado un mordisco a mi corazoncito, y sé que ese ya no lo sueltas. Ni falta que hace. Bienvenido a la familia, Filo.