Estoy en el Superpark de Vantaa. Un parque de juegos bajo techo donde críos de todas las edades reinventan las leyes de la física, la cuántica y el espacio-tiempo. He visto a críos trepar, correr, golpear pelotas con raquetas y bates, chutar balones y despegar desde camas elásticas en poses que prometen un aterrizaje forzoso. Algunos niños van acompañados por sus padres, o por uno de ellos —el que esté en mejor estado de salud o tenga la póliza de seguros más blindada— y otros van por libre. Es el caso de mi hija, que está en este momento, supongo, conjugando cualquiera de los verbos antes mencionados en infinitivo con una amiga del pueblo. Llevo sin verlas más de una hora y estoy más tranquilo que un gato tumbado frente a una chimenea, apalancado en la cafetería del parque, con un cafetazo de litro y medio, leyendo y, por lo visto, escribiendo. Me he colocado estratégicamente en la hilera de mesas que está más pegada a la zona de juegos. Los boxes, que diría un aficionado a la Fórmula 1: todos los padres apostados en esas mesas tenemos las botellas de agua a mano. Los críos llegan a toda leche, se encaraman al muro, beben durante entre 7 y 12 segundos —paradas muy largas— y salen echando humo con motores híbridos, gasolina o lo que sea que usan. Motores milagrosos que no se agotan nunca.
La zona de juegos que linda con la cafetería es de las que podríamos denominar como de “riesgo moderado”. Se trata de rampas suaves cubiertas de césped artificial para correr y brincar como conejos. Sin embargo, hay una vertiente más alta y bastante más empinada, con ruedas de carretilla amarillas de plástico duro claveteadas en horizontal. El juego consiste en usarlas como puntos de apoyo para llegar a la cima, que es también la plataforma más alta de toda la zona de juegos. Más que para conejos, es una rampa de subida para cabras. Sospecho que, para familias con críos de diferentes edades, unos cabras y otros gazapos, esta rampa debe de ser un punto negro, como los de la DGT. Y la vida real, leyes de la física incluidas, está a punto de darme la razón.
La mayor tendrá 11 años, una espiga de trigo en pantalón corto. La pequeña quizá 6. Pero el problema es el mediano: 9 años, camiseta con el 7 a la espalda, supongo que por Cristiano Ronaldo, y una cadena gruesa de plata al cuello. Un malote en potencia o vigencia. Han llegado los 3 a la cima de la plataforma subiendo por la parte fácil. Hasta allí, todo correcto. Ahora el mediano se asoma por la vertiente empinada, y se le enciende la bombilla. Lo que a todos nos parece una rampa de subida con puntos de apoyo, a él le parece un tobogán con obstáculos. No se lo piensa dos veces y se lanza colina abajo. Es malote, pero tiene buen ojo: se ha deslizado perfectamente por el único canal que, si uno tiene tino y algo de cintura, existe entre las ruedas. La fuerza de gravedad ha hecho el resto y el zagal aterriza sano y salvo. Más chulo que un 7. Es en ese momento cuando mi cerebro me avisa de que en la parte superior de la pantalla hay una cría de 6 años dispuesta a emular a su hermano. Porque ella quizá no es una malota, pero diantres, es valiente, eso que no se ponga en duda. Lo malo es que ella tampoco se lo piensa dos veces. Y lo peor es que la fuerza de gravedad vuelve a hacer su trabajo, y ella, ni tiene tino, ni tiene cintura. Tiene 6 años. Baja con la gracia de una silla de plástico de chiringuito de verano despeñándose por unas escaleras de hormigón. Rebota contra las ruedas en al menos tres ocasiones. La última me duele incluso a mí, en los riñones, ya casi a la altura del suelo, donde se derrumba. Pero es valiente, decíamos, así que se levanta al momento. Le gustaría que aquí no hubiera pasado nada. Se yergue. Respira. Pero rompe a llorar. Le faltan manos para masajearse las zonas donde tendrá morados mañana.
A los padres, ni se les ve, ni se les espera. Y espiga de trigo, a buenas horas, se acaba de enterar de la fiesta. Está a puntito de bajar a su vez. Pero claro, tardará tranquilamente 3 o 4 segundos en llegar hasta su hermana. Una eternidad. La peque está desconsolada. El malote ya estaba pensando en su siguiente escapada y ni siquiera la ha visto bajar. Se da la vuelta cuando oye a su hermana pequeña romper a llorar y entiende al momento lo que acaba de suceder. Aquí viene, me digo, el golpe que más le va a doler a la niña. La va a poner en su sitio, de mediano a pequeño, y a ella va a escocerle más esta bronca que cualquier rueda de plástico duro. Para qué me sigues, le dirá, si eres tan pequeña. Siempre intentando imitarme. Y luego va a salir corriendo a buscarse otra aventura. Supongo que está cansado de tenerla siempre pegada a él, imitándole, queriendo jugar cuando él está con sus amigotes.
Entonces él, se da la vuelta, y le da uno de los abrazos más dulces en la historia de la infancia, de los parques de juego bajo techo, y de la Humanidad. En mayúsculas. No oigo lo que le dice, pero le susurra algo al oído mientras la achucha. Son solo 3 o 4 segundos, hasta que llega la hermana mayor. Una eternidad que se me ha hecho corta.
Epílogo. Espiga de trigo lleva a su hermana pequeña con los padres que, por lo visto, están sentados en algún lugar a mi espalda. El chaval se aleja. Me percato de que tiene un sonotone. Me pregunto si le dan cera en el cole. Quizá no es un malote sino un superviviente. Me vuelvo a maldecir por ser tan cínico. Di por hecho que era por Cristiano, pero la realidad es que no lleva un nombre a la espalda, solamente un hueco sobre ese número 7. Ojalá este chiquillo se ponga algún día un nombre en la camiseta: el suyo. Y ojalá yo se la pueda regalar a mi hija.