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20 años en Finlandia

Hoy se cumplen dos décadas exactas de mi partida de Alicante: cambié granos de arena por copos de nieve, y sigo sin billete de vuelta.

 

La página todavía está tan blanca como un prado de Skinnarby en febrero. Levanto la vista una última vez antes de que los recuerdos empiecen a derramarse sobre el teclado. Una dulce brisa de final de verano acaricia la hierba sobre la que descansan los dos perros. Dulce pero fresca, estoy sentado a la sombra en manga larga. En Alicante, ahora mismo, seguro que no llevan chaqueta. Aunque yo la llevaba cuando marché.

El 22 de agosto de 2006, un chaval de 22 años salía de la urbanización que le vio crecer, en el Cabo de las Huertas, metía el petate en el maletero del Seat Ibiza blanco de su amigo Jorge, dejaba la mochila en el asiento de atrás, y echaba un último vistazo al sexto izquierda mientras el coche se alejaba de la calle Tridente. Pese al regusto amargo de la despedida, Jorge dejó escapar una carcajada, vaya tela con el colega, adónde vas con un plumas en agosto. La pregunta era retórica, claro. Ambos conocían la respuesta. Pero el chaval sentado en el asiento del acompañante estaba nervioso y emocionado, todavía no se lo creía, y contestó, lacónico: a Finlandia. Me voy a Finlandia seis meses. Aterricé en Helsinki a las 3 de la mañana del 23 de agosto de 2006, pero no fueron seis meses: hoy se cumplen veinte años, y sigo sin billete de vuelta.

Me enamoré del país en cuanto toqué tierra. El mérito no lo tiene solamente Helsinki: era la primera vez que vivía solo y sentía que tenía el mundo a mis pies. Quizá podía haberme ido de Erasmus a Nápoles, Munich o Dublín y acabar enamorado del destino igualmente. Nunca lo sabremos. Mi buena amiga Carla me dijo una vez que Alicante se me había quedado pequeño. Negociamos entre cervezas y decidimos que no era una cuestión de tamaño, lo que a mí me pasaba en aquella época es que quería ver mundo. Tenía la carrera de publicidad casi liquidada —una mísera asignatura por convalidar— y muchas ganas de volar por libre, descubrir un lugar nuevo, mejorar mi inglés, buscarme un curro, mezclarme con una nueva cultura local. Espabilar, explorar. Eso hice.

Aquel primer año fue irrepetible. He dicho a menudo que a mí me faltaba un hervor de realidad, un enfrentarme a la vida fuera del universo académico y de la burbuja de mis amigos, lejos de los nimios problemas de un crío cuyos padres habían dado una educación envidiable y que se había quedado en su zona de confort. Aprendí tanto del mundo y de mí mismo en esos primeros doce meses que, cuando veo fotos de la época, puedo identificar en los ojos del chaval que mira a cámara si la instantánea se capturó después de una trabajada victoria o de una dolorosa derrota: la primera sauna, la profe noruega amargada de treintaytantos recomendándome que me volviera a España, que jamás lograría asentarme en Finlandia. Mi amigo Mario diciéndome que si me hacía falta dinero hasta encontrar un curro se lo dijera, «es una inversión a caballo ganador». La foto con la camiseta del Betis para mi amigo Daví, en pleno noviembre, en Rovaniemi. Mi primer trabajo buzoneando. El primer beso con Catta. El segundo. Los cien currículums enviados, los rechazos, las dudas. Los cuatro días en Messukeskus para pagarme el alquiler de mayo. La jeta para meter la cabeza en FogScreen. El contrato fijo. Piso, curro, chica, y yo, con más cicatrices que antes pero también más confianza, más cuajo, y todavía, pese a algunos tortazos colosales, viendo el mundo a mis pies. Los que me conocen saben que en este párrafo, entre línea y línea, hay mucho por leer. Tanto que contar en renglones libres, peleones, perseverantes, tanta vida y tanta juventud. Tanta esperanza y voluntad de seguir adelante, de lograrlo. De asentarme. De quedarme con la chica, de pasar a la siguiente pantalla: arrancar mi vida en Helsinki.

Los años siguientes fueron una luna de miel. Seguir descubriendo Finlandia, pero también, Estonia, Suecia. Un par de mudanzas, la vida de una pareja joven dando sus primeros pasos juntos. Tras el primer trabajo, el segundo. Comprar la casa juntos. La llegada de Faro.

Pausa. Faro. Respiro hondo.

Faro, cuya presencia todavía añoro cuando estoy en el bosque. Faro, y luego Nero, que me hicieron entender que tener un perro que te quiera es un privilegio. Me ayudaron a crecer, a madurar, a entender ciertas cosas acerca de mí, mi temperamento, mi paciencia, mi empatía. Me obligaron a mantenerme en forma con paseos diarios, sin excusas de trabajo o de mal tiempo. Cientos de horas en el bosque juntos, oxígeno para la cabeza, kilómetros para las piernas. Volvíamos a casa sedientos, embarrados, empapados o escarchados, pero siempre felices por el rato pasado juntos. También me vieron sufrir cuando monté mi empresa —hay cosas que no le conté a Catta, pero ellos lo sabían, lo notaban— y me acompañaron hasta que me convertí en padre, aquel 5 de junio de 2017.

La noche que nació Leah le mandé una foto a mi padre con la recién nacida en mi regazo y la frase luego dirán que la beca Erasmus no cunde. De un intercambio de seis meses para ver mundo a tener a mi hija en brazos. Sentir que ya no son solo mis raíces las que están abriéndose paso en suelo nórdico, sino otras más frágiles pero llenas de fuerza, de curiosidad, de ilusión. Ella me hizo y me sigue haciendo redescubrir Finlandia. Nuestro primer otoño juntos, cuando trataba de dormirla en su carrito, ella en su saquito de dormir, bajo un tiempo infame. El verano de sus dos años cuando correteaba por el prado persiguiendo a Faro y Nero. O todas las veces que fui a buscarla caminando a la guardería, en pleno invierno, con un trineo bajo el brazo: ella se acurrucaba dentro, envuelta en una manta y sobre una piel de carnero, y yo la llevaba de vuelta a casa tirando del cordel.

Dichosos recuerdos, han anegado ya casi dos páginas. Una por década. Levanto la cabeza. Ahora son Filo y Ricky los que persiguen a Leah por el jardín. Ella sí está en manga corta, y da volteretas mientras corre.

Los últimos veinte años me han llevado hasta aquí. Naturaleza, familia, aire puro. Integrado en el tejido social de mi pueblo, invitado de excepción a la Finlandia más real, más local, más rústica. Padrino de dos críos finlandeses a los que algún día quizá veré jugar en la arena de la Playa de San Juan para seguir cerrando el círculo que recorro con las yemas de mi nostalgia cuando veo a Leah pescar con un salabre en la Calita. Nunca sabré qué habría pasado de haber aterrizado en otro punto de Europa, pero sí sé cómo este país, frío e implacable a veces, cautivador y misterioso tantas otras, me ha hecho crecer. Quién me iba a decir que puedes darte un hervor bajo cero. Será cosa de las saunas.

20 años. Celebrado queda. Vuelta a la vida real, me toca cortar el césped, regar el invernadero y cuidado no vaya a ser que me caiga una tromba de verano al pasear a los perros. Ojalá.

Y volver a ganar