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Y volver a ganar

De toda la vida, los Mundiales los ganaban otros países. Alemania, Argentina, Brasil, Italia. Nosotros jugábamos como nunca y perdíamos como siempre. En cuartos, o antes. Entre fallos inexplicables, debacles en propia puerta y frustraciones arbitrales, la vida iba sucediendo mientras nosotros hacíamos otros planes. La Furia se quedaba en pataleta y Dunga, Deschamps o Cannavaro levantaban el trofeo. Brillábamos en categorías inferiores, oro incluido en Barcelona 92, pero en el patio de los mayores no rascábamos bola. Nos partían la cara, nos anulaban goles, fallábamos penaltis. Nos jubilábamos a nosotros mismos. Perdíamos.  

Entonces llegó 2008. Que no fue un Mundial, pero tuvo su puntito. O su puntazo. Luis Aragonés dio un golpe en la mesa con un grupo de chavales que, además de ser buena gente, remaban todos en la misma dirección. Fue una Eurocopa para enmarcar con un juego espectacular. Una maldición de cuartos superada, una tanda de penaltis ganada, y un gol de Fernando Torres que valía una copa tras una sequía de 44 años. Ganar, ganar, y volver a ganar. Y lo voy a repetir, porque cuanto más lo escuchas, más se te mete debajo de la piel: ganar, ganar, y volver a ganar. Campeones de Europa. La antesala de algo más grande, nos atrevimos a soñar.

Dos años después, this time for Africa. Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, y cuidado con Japón, Corea del Sur, o la Camerún de Eto’o, con esas camisetas ceñidas que a más de un novio o marido costaron una crisis de autoestima. Más todas las selecciones europeas, claro, que nos tenían muchas ganas. O sea, palabras mayores.

Y volvimos a ganar.

Jugando de lujo, pero por la mínima en cada cruce. Mereciendo más, pero en la prórroga. Xabi Alonso con tacos ajenos tatuados en su pecho. Iniesta de mi vida, jamás grité un gol así antes. Casillas llorando, qué bonito es, qué bonito es, y Michael Robinson todavía entre nosotros, español de adopción, símbolo de tantos otros que, sin nuestro pasaporte, nos apoyaron, nos quisieron, nos admiraron. Campeones del Mundo. Una estrella en el pecho y tantos prejuicios hechos trizas. Todas las generaciones vibraron al mismo son, con vuvuzelas de fondo. Los niños ahora podrían tejer sueños de campeones con mimbres de realidad. Los más mayores sintieron alegría, sí, pero sobre todo orgullo: orgullo por una historia, un escudo, un país, una manera de ver la vida con la que también se podía ganar. Merecer mejor suerte en el pasado no había dado resultado. Estos chicos ganaron. Llegaron como favoritos y ganaron.

Eso sí, pusimos sobre el verde una constelación nunca vista antes. Casillas, Puyol, Busquets, Xavi, Iniesta, Villa, y lo que te rondaré, morena. Para vencer nos hizo falta no solo nuestra mejor generación, sino una de las mejores selecciones de la Historia de los Mundiales, y del fútbol en general. Fue la tormenta perfecta: por nombre, en cada posición, un jugador excepcional. Y, como grupo, una máquina perfectamente engrasada —Don Vicente del Bosque, grande, educado, elegante— con una colección de cromos que parecía creada por un crío de 15 años con ganas de hacer trampas en la Play. O sea, pólvora del Rey. Un equipo de leyenda.

Lo malo de depender de una de las mejores generaciones de la Historia del fútbol es que solamente se da una vez. Esa constelación se apagó, y los Mundiales de 2014, 2018 y 2022 nos bajaron de la nube. O nos bajamos nosotros, sobando la bola hasta el hartazgo, palmando a la antigua usanza. Sin embargo... Algo había cambiado. Nos vimos en el alambre, haciendo equilibrios entre la vuelta a un pasado de frustraciones y los puñeteros penaltis, y el ganar, ganar, y volver a ganar.  

Entonces llegó 2024. Que no fue un Mundial, pero tuvo su puntito. O su puntazo. Una camada de peloteros muy jóvenes, los mismos que quizá habían tejido sus sueños con mimbres de Johannesburgo, se cepillaron a cuanta nobleza europea se cruzó en su camino: Italia, Alemania, Francia, Inglaterra. Y Croacia, porque Luka Modrić merece mención aparte. Nos atrevimos a volver a soñar.

Así, dos años después, aterrizamos en Chattanooga. Argentina, Brasil, Uruguay, y cuidado con Japón, Senegal, Marruecos o la Egipto de Salah. Más todas las selecciones europeas, claro, que nos tenían de nuevo muchas ganas.

Las casas de apuestas nos daban como favoritos. Unai Simón, Cucurella, Olmo, Merino, unos chavales espléndidos, listos para rondar a rubias y morenas. La única duda: salvo el de Yamal, y quizá Rodri o Pedri —y los tres llegaban muy justitos a la cita— nadie del resto del mundo se compraba estos cromos por separado. Esto no era hacer trampas con la consola. Todo el planeta hablaba de superestrellas, pero nuestra fuerza era el colectivo. Atrás quedó la furia, tampoco era el tiki-taka: este grupo mezclaba control y sangre fría con el desparpajo de una media de edad de 26 añitos. Una máquina perfectamente calibrada, lista para ofrecer el mejor juego coral del torneo. No tendríamos a Haaland, ni a Kane y Bellingham, ni a los cuatro magníficos galos, pero Luis de la Fuente iba a proponer un once con una filosofía muy clara y matices en cada cambio.  

Y ganamos.

La noche del domingo 19 de julio de 2026, en Nueva Jersey, España conquistó por segunda vez la Copa del Mundo.

Jamás pensé que la segunda estrella me emocionaría tanto como la primera, pero estos chicos lo han logrado. Eso, y mucho más. Han tenido la osadía y el desparpajo de romper un muro que parecía infranqueable: España puede forjar equipos de leyenda. En plural, y separados por más de una década. Han demostrado que no se trata de esta vez sí, sino de esta vez también. Jugando bien, erosionando a los rocosos, bailando a los poderosos. No son cromos sueltos, son la página entera que los que ahora son niños se afanarán en coleccionar, admirar y, en un futuro, imitar. Y ojo, que Lamine y Cubarsí, sumados, no llegan a mi edad. Les queda carrete y carretera, especialmente por las bandas.

De toda la vida, los Mundiales los ganaban otros países. Pero aprendimos a ganar, ganar, y volver a ganar. Con nuestro estilo, unidos, y lo que te rondaré, morena, cuando llegue 2030. Ya lo dijo Laporte: ¿Por qué no?

Gracias, equipo.

 
 

Verano: sol, césped, toalla, amigos (y una chaqueta por si acaso)