Hoy toca batallita. Naval, para ser exactos.
Alicante, verano, no recuerdo el año, pero diría que entre 2001 y 2003. Mi amigo tenía un velero amarrado en el puerto de Alicante. Bueno, no. Ese es parte del problema: la familia de mi amigo tenía un velero amarrado en el puerto de Alicante. Que es un matiz importante.
Verano, decíamos. Una noche de fin de semana. Pongamos que entre las 11 y las dos de la mañana. Cuatro muchachos de entre 17 y 19 años bajan por la Rambla. Se han tomado unos refrescos, unas cervezas, unos algos. Pero suave. Nada escandaloso. Y mientras bajan en dirección a la siempre preciosa Esplanada, rumbo a la parada del buhobús que los llevará de vuelta a la Albufereta y la Playa de San Juan, cada mochuelo a su olivo, sale el tema del barco. Y pasamos del oye tú no tenías un velero amarrado al por qué no nos pillamos unas cervezas y nos tomamos la última en la cubierta, o en el camarote, o colgados de los obenques.
Como en todo grupo de muchachos, había un liante. Siempre hay un liante. Los otros callan, y otorgan, y son igual de golfos, pero el liante es quien enciende la mecha. En este caso, el zagal, pico de oro y más listo que un zorro callejero de Helsinki, soltó una puyita del tipo “seguro que en el fondo tú no sabes manejarlo”. Y claro. El otro, que como un servidor había pasado por 14 días de escuela de vela en Burriana, ahí es nada, pues se rebrincó. Echémonos a la mar, o al mar, o a donde podamos echarnos cuatro chavales con las hormonas de baja por ansiedad y menos luces y futuro que un submarino de cartón. Creo recordar que alguien mencionó a los padres. “Están en una boda” -contestó el inminente capitán- “no se enteran ni de coña”.
Fuimos directos al puerto, sacrificando la compra de cervezas. Conscientes de nuestra edad, sabíamos que era mejor no tentar a la suerte. Un par de litronas de Amstel habrían torpedeado la operación al querer pasar la garita.
Llegamos al barco. No recuerdo la eslora, pero era un señor velero. Y -qué placer usar la expresión de forma literal- largamos amarras. Mi amigo encendió el motor y… nada. O sea, quiero y no puedo. Este barco no se mueve. Y aquí es donde se nota la edad y los pájaros en la cabeza: en lugar de decir para, espera, por qué no nos movemos si hemos largado amarras, el amigo capitán decidió meterle más potencia al motor. Y más. Y más. Y el velero se movió, por fin, con una sacudida brusca. Todavía recuerdo el ruido que hizo el cable -alimentación eléctrica, todavía conectado a tierra- al romperse y rasguear el aire y el agua. Empezamos bien. Pero no pasa nada, dijo él: “mañana madrugo, compro uno nuevo, y lo cambio. Mis padres no se enteran ni de coña”. Y nos pareció una buena idea. Más que pájaros teníamos la migración completa de la cigüeña blanca -ciconia ciconia- entre las orejas.
Navegamos apenas diez minutos, hacia el este, para alejarnos del Muelle de Levante y ver las luces de la Playa de la Almadraba y la Calita. Nada más. Y eso fue lo único sensato que hicimos esa noche: nada más. Disfrutar del aquí y del ahora, del leve vaivén del velero sobre el Mediterráneo, de la calma, las luces de la costa, cuatro amigos forjando recuerdos para toda la vida. Porque a veces, incluso a esas edades, no te hace falta nada más.
Al cabo de 20 minutos entrábamos de nuevo por la bocana. Una aventura corta pero hermosa. Ves cómo lo sé manejar. Y mis padres no he han enterado. Entonces, le sonó el teléfono.
Oh, Capitán, mi Capitán. El carpe diem se nos va a pique. Paró el motor, pero espero hasta que éste dejó de hacer ruido. Chop chop chop… chop… chop… Lo primero que dijo al descolgar fue un inocente, ¿sí? Lo segundo, “llegamos en dos minutos”. Con voz neutra. Distante. Y no le vi los ojos porque estaba oscuro, pero le supuse la mirada perdida. De náufrago.
Lo penúltimo que recuerdo fue que se fijó en mí y me dijo: “eres el que mejor les cae, vete a proa para que te vean el primero”. Y así lo hice, nobleza obliga. Lo último, las siluetas de los dos adultos, a contraluz en el pantalán, con un único punto rojo, el pitillo de él, dándonos la bienvenida.
La vida sigue, las olas van y vienen, y perdí el contacto con esos tres amigos -me he ahorrado los nombres, ni siquiera sé por qué. Algún día buscaré la forma de navegar desde Alicante hasta El Campello, para así volver a ver el Cabo de las Huertas desde el mar. Y como homenaje a esta batalla, con mis 41 tacos de almanaque, no se lo diré a mis padres, a ver qué pasa. Seguro que no se enteran. Ni de coña.