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La parábola de las bolas de nieve

Los llamaremos Mikko, Arvid y Paavo. Tres chavales de entre 10 y 12 años un final de tarde de marzo en Loviisa, Finlandia. Contexto: son las siete, estamos a cero grados, y voy a recoger a mi hija y a una de sus amigas a un club social donde acaban de pasar la última hora desfogándose dando piruetas, saltando a la comba, o quizá corriendo tandas de cien metros lisos. No lo sé. No lo tengo claro, pero no pregunto: cada semana yo las llevo a un sitio y me las devuelven encantadas de la vida, sudadas y listas para encarar un cierre de día apacible. Tienen 8 años, no siempre es fácil hacerles quemar toda la energía necesaria un martes cualquiera, así que, aquí paz, y después gloria. Pero hoy no se trata de ellas. Hoy se trata de esos tres zagales a los que he bautizado por la cara con nombres muy de aquí. Y no les pongo apellido porque me da pereza teclear «-ainen» tres veces seguidas.  

Salgo del coche y me dirijo al punto de recogida de niñas encantadas de la vida y sudadas, cuando los veo. Al principio no distingo bien lo que está pasando. Ya es de noche y las farolas no alcanzan para dibujar un paisaje bien definido. Pero, según me acerco, me hago una composición de lugar, y de los hechos: uno de los críos está tumbado, haciendo la estrellita de mar, boca arriba, dentro de la pista de fútbol 7. Ésta es de césped artificial, aunque todavía está en pleno deshielo: nieve, agua y césped sintético se reparten los metros cuadrados. El chaval está tirado encima de lo que deduzco es aguanieve, pero no parece importarle. Visto lo que están haciendo sus amigos, mojarse debería ser, en efecto, la última de sus preocupaciones. Porque esto es lo maravilloso: los otros dos energúmenos están fuera de la pista, que está rodeada por una valla de unos 4 metros de altura, y se dedican a lanzar bolas de nieve cual asalto medieval, tratando de acertar al de dentro.

Un matiz importante. Yo no hablo finés, pero el que está tumbado, o sea, la víctima en potencia, no está allí obligado: se lo está pasando en grande. No tengo claro qué tipo de barbaridades se gritan entre ellos, pero pondría mi mano en el hielo a que incluye frases del tipo «sois unos mantas, no están cayendo ni siquiera cerca» y «por mis muertos que no me muevo, si me da, me da». Y los de fuera tampoco creo que esté recitando versos del Kalevala —alguna palabra soez he querido intuir en el intercambio— sino que parece que le siguen el juego al otro. O sea, «la próxima te va a caer en la jeta» y «de aquí no nos vamos hasta que te demos». Y se ríen. Y siguen a lo suyo. Uno viendo cómo las bolas van cayendo cada vez más cerca, los otros, erre que erre: recoger, compactar, apuntar, lanzar. Aunque no sé cuánta falta hace compactar a estas alturas del calendario, porque las temperaturas por fin subieron hace unos días y estamos en pleno baile, ahora me deshielo, ahora me congelo otra vez, y la nieve está en modo dura, pesada, peligrosa. O sea, no es nieve polvo. Más bien granitos de hielo que, con la suficiente mala leche, se pueden apelmazar para hacer proyectiles como para romper una ventana. O reventar a un colega. Lo que surja.

Ellos a lo suyo. Esta estampa en claroscuros es digna de un óleo renacentista —algo vanguardista—, con un chico tumbado mirando las estrellas, y las bolas describiendo una larga parábola, al contraluz de las farolas, hasta estallar a su alrededor. Eso sí, como una le acierte y el muchacho cumpla con su palabra de no taparse la cara, entonces no sé si va a mirar a las estrellas, pero las va a ver seguro.

Otros padres acuden a recoger a sus hijos y pasan mucho del espectáculo. A ninguno se le ocurre acercarse a los francotiradores de hielo y decirles que oye, zagales, como le acertéis al cretino de dentro, aunque se tape en el último momento, le vais a hacer pupita. Qué va. Y yo, tampoco. Al revés: al pasar miro a los dos artilleros y les sonrío. Ellos, obviamente, no me devuelven la sonrisa. Tienen entre diez y doce años, tienen más bien pocas ganas de devolverle el cariño a un fulano de cuarenta palos que pretende hacerse cómplice de sus juegos de guerra.

Y quizá se trate de eso. Sonrío porque quiero ser cómplice. De hecho, lo soy. O lo fui. E incluso protagonista. Porque quien dice Mikko, Arvid y Paavo bien podría decir Pablo, Jandro y Stefan. Y podría hablar de saltos de bici sobre una hilera de colegas, calentones gratuitos en el culo con pelotas de los Mundiales —esos malditos Etrusco y Questra— o juegos con petardos a la llum de les Fogueres. En vez de nieve, arena, y en lugar de oscuridad, un sol abrasador, pero las ganas de hacer el cafre eran las mismas. También la imaginación, la sensación de impunidad e invulnerabilidad. Están en esa edad donde descubres lo que es la vida a base de caídas en monopatín. Descubres tu lugar en el mundo a base de petardos con la mecha más corta de lo previsto. O descubres las leyes de la gravedad a base de bolazos de nieve en la cara. Y que les quiten lo lanzado. Qué envidia. Quién pudiera tumbarse con ese crío a mirar las estrellas y contar los impactos cada vez más cercanos.

Una sonrisa por cada cana