Abría los ojos a media mañana. Por las ventanas abiertas de nuestro sexto piso ya se oía a algún chaval chapotear en la piscina de la urba de al lado. Otro día de sol mediterráneo por delante. Otro día con mis amigos, sin planes y a la vez con todos los planes del mundo. Calita, fútbol, recreativos, descampado. El Cabo de las Huertas me espera, la Playa de San Juan me llama. Pablo, Jandro, todos ellos. Mi pandilla adoptiva. Los reyes del mundo durante los próximos dos meses. Las vacaciones de verano acababan de empezar.
Han pasado 20 años. Me he despertado tempranito y, pese a tener la ventana abierta, no se oía chapoteo alguno. Solamente una suave brisa susurrando entre abedules y pinos. No está mal, me he dicho, saliendo de la cama. El cachorro —ya tiene casi 5 meses, qué rápido pasa todo—estaba listo y relisto para salir a echar su primera meadita y correr, saltar, jugar y morder. Lucía el sol nórdico, así que he salido en manga corta. Me quedan cuatro días de trabajo. Mis vacaciones están a punto de arrancar.
Crecí entre palmeras y arena, mecido por el vaivén sin mareas de las aguas de la Costa Blanca. Cuando llegaba junio tocaba hacer un esfuerzo de concentración colosal para rematar el curso escolar a la espera de oír el primer petardo, de zambullirnos en el olor a pólvora de las Hogueras. Pronto dejaríamos las mochilas en un rincón y podríamos convertirnos en una camada de críos de piel tostada casi tan libres como los peces que zigzagueaban a nuestros pies entre las rocas, con el agua por los tobillos. Una vez retumbaba ese primer masclet en tu pecho, ya no había vuelta atrás. Bañador, balón de los Mundiales —casi siempre un Etrusco—, un salabre, y unos naipes en un círculo de toallas. Amores de verano, chiringuitos, granizados de limón.
Ahora vivo en el campo, a 15 kilómetros del Báltico y a apenas tres de Hoppom, nuestro lago más cercano. Este año compramos una piscina para el jardín, pero sabemos que la temporada será corta. No me desanima, según he ido sumando canas me he ido enamorando cada vez más de los veranos nórdicos. Aquí no hay Hogueras, pero sí hogueras: San Juan se celebra entre amigos, el solsticio es la recompensa para los valientes que sobrevivimos otro invierno oscuro, rudo, frío. Antes me perdía entre ahogadillas y partidos al rey de la pista, ahora me dejo llevar por ocasos perezosos que nunca terminan, con suficientes días cálidos —incluso muy cálidos— y noches templaditas. Maldecir por no haberte llevado una chaqueta, por ejemplo, es un contratiempo del mes de junio finlandés que acojo con los brazos abiertos mientras vuelvo en bici de casa de un amigo, a las once de esta falsa noche, por una suave cuesta abajo sin asfaltar, apurando una cerveza con la mano derecha. Así que sí, nos bañaremos. El agua aquí casi nunca está caliente pero siempre refresca. Playas de agua dulce dignas de postal, barbacoas, bosques que te cautivan en una explosión de tonos verdes. Bayas, setas, y el invernadero a pleno rendimiento. Nada mal.
No se puede estar en dos sitios a la vez, lo acepto. La duda que me queda es saber si lo que a veces añoro el olor a cloro y el calor de la arena filtrándose a través de la toalla mientras noto el sol del mediterráneo, inclemente, secar mi espalda adolescente poco a poco, o si lo que echo de menos es ser ese adolescente. Quizá las dos cosas. Lo que sí puedo, sí debo, al menos, es estar en un sitio, con los pies firmes en el suelo y disfrutando lo que tengo a mano. Pese a garrapatas, mosquitos, lluvias y una estación corta, mi corazón se ha empadronado en estas diez o doce semanas estivales de prados, cabañas a la orilla del agua y acampadas en el jardín. Cuesta creer que alguien que creció en el sueño de muchos, veranos en la millor terreta del món, ahora duerma mejor al cobijo de una manta en pleno mes de julio.
Paseo terminado. He decidido trabajar un rato desde el jardín. Sigo en manga corta y me he puesto el bañador, por lo que pueda pasar. Me cuesta ver la pantalla, el sol brilla demasiado pese a estar el cielo moteado de nubes. El cachorro corretea buscándole las cosquillas al mayor. Mi suegro ha terminado hace un rato, todavía flota en el aire el aroma de hierba recién cortada.
Y, de repente, sucede.
Oigo risas de niñas, mi hija en la piscina con una amiga. Oigo el chapoteo. Noto el calor. Cierro los ojos, y estoy en dos sitios a la vez.
En el fondo… en Alicante, en Loviisa, en Normandía o en León. O en Logroño, ya que estamos. Naturaleza, amigos, tiempo libre. Risas sobre el césped, pólvora, arena. Lagos, mar, piscinas. Incluso lluvia, tormentas, o brisas repentinas que te invitan a quedarte dentro del agua porque la toalla está muy lejos. Con o incluso sin vacaciones. Verano.